Amor por mis colores: El nene


Algunos años atrás, la pequeña Flor empezó, inconscientemente, una historia que habla sobre una curiosidad que se volvió pasión, y de cómo una familia es algo más que lazos de sangre. Esta es la historia de un señor apodado “el nene”, contada desde la mirada de Flor, y empieza hace unos cuantos años cuando la muchachita en cuestión era apenas una nena de 4 años, recién iniciaba el jardín y el fútbol todavía no aparecía en su vida.

En esa época, y durante unos cuantos años, la reunión familiar era costumbre y entonces todos los domingos, iba con mis padres hasta Valentín Alsina, donde vivían mis abuelos. Martín, mi abuelo, es fanático de Racing y le heredó esa locura a mi madre, también fanática de la academia. Luego del almuerzo, venía la ronda de café y era casi segura la charla sobre fútbol, aunque más precisamente por los colores albicelestes. Sin embargo, todo ese fanatismo me aburría bastante. A esa edad lejos estaba de querer discutir sobre fútbol o política, el otro tema que se instalaba en la sobremesa. Es por eso que a mis 4 años de edad prefería salir y jugar en la vereda. Así fue como conocí al que, para mí en aquel entonces, era un curioso personaje. Un hombre grande, canoso, flaco y con una voz bastante encantadora. Vivía en la casa vecina y así como mi abuelo, también era fanático, pero no de Racing, sino más bien del eterno rival, del rojo de Avellaneda. Todas las tardes salía a la cuadra con la radio para sentarse en una silla, y ahí se quedaba escuchando los partidos. Ese primer día que lo vi, recuerdo que quedé muy sorprendida por su forma de ser. Como se movía, como se expresaba, los gestos que hacía en su rostro. Lo miraba en silencio mientras jugaba hasta que en un momento giró hacia mí, hizo una morisqueta con la cara, una de tantas que supo regalarme con el tiempo, y me saludó. Al principio me reí e inmediatamente me dio un poco de vergüenza, por lo que seguí con mis juguetes. Con el correr de la tarde, éramos los únicos que estábamos en la vereda y, quizá por alguna especie de conexión o mi curiosidad más curiosa, me llené de coraje, me paré y le pregunté su nombre. Muy amablemente me dijo que lo llamaban “el Nene”, apodo que, años después, me enteré le había quedado por ser soltero y haber cuidado siempre a su querida viejita, como él le decía a su madre. Las primeras tardes lo saludaba y luego me dedicaba a jugar, observándolo en silencio cada tanto, pero a través de los días, saludo va, saludo viene, empezamos a juntarnos, entonces él me jugaba un rato y yo después me quedaba escuchando alguna historia que siempre tenía a Independiente como protagonista. Lo curioso es que, a diferencia de lo que pasaba adentro de la casa de mis abuelos, él no me hablaba de tácticas o de resultados, sus historias eran diferentes, incluso las contaba de otra forma, casi reviviéndolas. A mi me divertía mucho verlo y escucharlo. Entonces, las tardes en la casa de mis abuelos empezaron a ser distintas. Se empezaron a llenar con historias sobre las glorias que habían pasado por el club, los partidos más emocionantes y todas las copas ganadas por el rojo. Domingo a domingo, y año tras año, cada vez me identificaba más con esas historias, con su vida y con esa pasión que afloraba en cada una de sus palabras. Como los domingos eran para estar en familia, y por el vínculo que empezamos a tener, lo adopté como un abuelo, y en esa relación, empezamos a compartir muchas cosas en torno al rojo. Fue él quien me fue contagiando sus sentimientos y su amor por el club, quien me supo trasmitir, a través de sus historias, las canciones y el folclore del fútbol. Él me dio algo distinto, una identidad. No recuerdo exactamente cuando, pero sé que hubo un día en que me declaré hincha del rojo, y no fue por herencia o mandato familiar, esta era una elección propia, y nacía de ese amor puro que mi “abuelo” me fue inculcando. Sin darnos cuenta, los dos nos fuimos metiendo dentro de la vida del otro, formando una familia de dos, que vive en cada partido con un abrazo de gol.

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