Amor por mis colores: Grande, grande…


Recuerdo hace algunos años, cuando era pequeño, como eran los fines de semana en la casa de mi abuela. Recuerdo que cuando llegábamos a la esquina, mi viejo hacía sonar la bocina y entonces la abu abría la puerta, sonreía y me esperaba con su cara de bonachona. Yo despedía a mi viejo y al llegar a la puerta le daba un abrazo grande grande. Ella me invitaba a pasar y al entrar a su casa… al entrar a su casa de golpe se hace domingo, por la tarde, y aunque parezca mentira, en pleno corazón de Núñez, las únicas plumas que percibo son las de la almohada de la abu, quien, siempre que se levantaba de su siesta, tendía la cama y encendía rápidamente su vieja radio a pilas. Siempre fue igual y esta tarde no cambia. Sintoniza en frecuencia AM y me llama para merendar. Casi como un ritual, llego y en completo slencio la miro. Doña Mabel, como es conocida mi abuela en la cuadra, hierve el agua y sirve unas exquisitas tazas de café. Cortado con leche, mitad y mitad para mi. El suyo, bien cargado, humeante y con un sabor que nada le envidia a los granos colombianos. Desde el comedor se escucha la radio, y si bien ya son épocas de televisión color y algunos partidos son trasmitidos en directo, a la abu le gusta hinchar a través de los eufóricos relatos de la transmisora de turno. Se había acostumbrado a esa forma y le gustaba percibir que la pelota estaba siempre cerca del arco rival. Claro que vive con mucho nerviosismo cada minuto, usted vió como son los relatores de radio, hasta en las notas previas desde el vestuario parece que la pelota está a tiro del gol, pero la verdad es que a la abu le encanta todo eso. Es así,
simplemente enloquece por el xeneixe. Aunque no siempre fue igual, ya que más de una vez contaba cuando de pequeña simpatizaba por el ciclón de Boedo. Claro que eso quedó en el pasado y hoy en día, cada domingo reafirma su amor por el club de la rivera. Pasional, moviendo sus bazos y llenándose la cara de gestos, merienda conmigo, y me contagia su amor. Son tiempos de Márcico, Maradona y Palermo. Y así se pasa la tarde. Se consume la merienda y se calla la radio. La bocina de nuevo, mi viejo y el fin de semana que se va. Agarro mis cosas, abro la puerta y al salir… y al salir es hoy.
Cuántos domingos, tantas tardes y meriendas compartidas. Desde siempre mi corazón es rojo y negro, pero cada tanto escucho una vieja radio, y entonces la puerta que se abre, mi abu y ese abrazo azul y oro, grande grande.

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